Cuando la desgracia asalta el apogeo artístico el afectado necesita más que voluntad para levantarse y es precisamente ese ingrediente adicional que exhibe con todo esplendor Luís Kenton, conocido como uno de los mejores bailarines hace 30 años y hoy se ve obligado danzar con la pluma y el pincel.
Para 1978 la agrupación artística Los Kenton gana “Revelación del año”. Tito, Rafa y Luís conformaban el frente que revolucionó las coreografías de orquestas al punto de que hubo una época donde la moda se denominó la “kentomania”.
Luís luce sobrio, pálido, con alguna humedad en sus ojos que se filtra por los lentes recetados, las arrugas ya empiezan a formar surcos en su rostro y por la imposibilidad de mover sus piernas muchas veces se le escapan suspiros casi silentes, imperceptibles.
El artista y su legado
Ya Kenton no puede bailar pero puede hacer que sus alumnos lo hagan. Es el manejador del grupo juvenil “Brayni y las Chikenton” cuyas niñas se mueven con el mismo brío que en su momento lo hizo su maestro.
“El hombre no necesita piernas para caminar porque los pasos con el espíritu llegan más lejos. Desde mi silla de ruedas he puesto a bailar mis estudiantes igual que como bailaba cuando podía hacerlo”, reflexionó.
Entiende que la música no le dura toda la vida a los artistas, por lo que aconseja prepararse para poder hacer otra actividad cuando no se pueda continuar la carrera sobre los escenarios.
Además de formar músicos, Luís se preocupa por aportar a la sociedad artistas dignos en su comportamiento. Obliga a sus estudiantes estudiar música en todas sus facetas y cada dependiente tiene la tarea de ser ejemplo positivo en su entorno.
“Ya hoy nadie recuerda a Luís Kenton...”
Toma siete segundos con la vista al vacío como quien trata de alar por las greñas algunas palabras con anestesia, pero no logra su cometido del todo y lo dice...
“Tengo la espinita porque en los Premios Casandra nunca han reconocido el trabajo de Los Kenton. No deben esperar que uno se muera. El amigo no espera la muerte para manifestar el afecto y... -suspira- no entiendo por qué ya hoy nadie recuerda a Luís Kenton”, explayó.
Se anima a sí mismo al argumentar que cada quien está en lo suyo y vive de acuerdo a sus circunstancias, con la finalidad de alcanzar las metas propuestas.
Su enfermedad se complica cada día más. En cualquier instante podría morir porque las coyunturas entre sus huesos pierden movilidad y si no lo tratan con carácter de urgencia quedaría inmóvil completamente.
Y mientras espera una ayuda económica que cubra las terapias que requiere, con la poca movilidad que le queda en los dedos escribe la que considera será su mejor obra: “Los Kento... La leyenda”.
Muy enérgico y entusiasta concluye: “Si dejo la música muero. Nací siendo músico y así moriré”.
Por Manauri Jorge





















La segunda imagen la protagoniza un niño de no más de seis años. Cuando el semáforo de la intersección entre las avenidas 27 de Febrero y Tiradentes cambia a rojo, este infante aprovecha para ofertar un lavado de cristal que con muchas peripecias apenas logra alcanzar.
En el caso de la tercera fotografía está compuesta por un marco similar al anterior, a diferencia de que es una adolescente de entre 13 y 15 años la que figura. Su radio laboral es en la misma intersección y bajo las mismas condiciones.
La imagen final -pero no la última- es la de un niño de 11 años que cursa el quinto grado en una escuela pública cercana a Los Tres Ojos. Se pasea todos los fines de semana por la Plaza Juan Barón ofertando “serenatas” con dembow y reguetón.
Eran las 11:00 de la mañana de un miércoles de otoño, con su vástago más pequeño en brazos cuando Tatiana confiesa que no cuenta con leche para darle de beber, que no ha encontrado qué comer para ella ni para los dos mayores que están a punto de retornar la escuela.
Desde la puerta de su humilde casa, con la mirada cansada y desoladora, Tatiana García muestra la tristeza y el dolor de vivir en un mundo rodeado de soledad y miseria. Pero con la Fe en Dios, mantiene la confianza de mejorar su situación luego de tocar las manos del presidente de la República, Leonel Fernández, a quien entregó un "papelito" en el que sólo pedía un motor para utilizarlo en el motoconcho y mejorar su condición de vida.
"Yo no tengo estufa, ni nevera, ni lavadora, ni televisión, ni radio, ni cama para acostar mis hijos, y ellos ni juguetes para divertirse", señaló con desesperación porque a varios días de su petición, no había tenido respuesta. "Y eso, que sólo le pedí un motor".
Se detiene un momento en el tiempo, sube la mirada y se levanta. Va a la cocina y se sirve un vaso de agua caliente. El niño comienza a llorar, con un llanto desesperando indicando que no soporta el hambre.







